El cuidado de la tierra, responsabilidad del cristiano

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Por: Sem. Francisco Emmanuel Gómez García. |
Primero de Teología. |

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Francisco Emmanuel Gómez García

La humanidad vive un giro histórico, notable en los adelantos que se producen en diferentes campos, por ejemplo: en el ámbito de la salud, de la educación y de la comunicación. A la par de los adelantos ya antes mencionados se ha desarrollado una globalización de la indiferencia que en palabras del Papa Francisco tomadas de su Exhortación Apostólica “Evangelii gaudium” se traduce en la incapacidad de compadecernos ante los clamores de los demás, como si todo fuera una responsabilidad ajena.

Con respecto al planeta Tierra y a los bienes que Dios ha puesto en ella, los hombres hemos crecido pensando que somos sus propietarios y dominadores, autorizados para abusar irresponsablemente del suelo, agua, aire y de los seres vivientes. Por eso entre los clamores de los pobres más abandonados y maltratados, -menciona el Papa Francisco en la Carta Encíclica “Laudato si´”– está nuestra oprimida y devastada tierra que clama por el daño que provocamos a causa del uso desmedido de los bienes que nos ofrece.

En los relatos de la creación, en el libro del Génesis, se sugiere que la existencia humana se basa en la relación con Dios creador, con el prójimo y con la tierra. Según la Sagrada Escritura, estas relaciones vitales se han roto por el pecado. Consecuentemente la violencia que hay dentro del corazón humano, herido por el pecado se manifiesta en el alejamiento del camino de Dios, el desinterés por los otros y en la grave enfermedad que padece nuestro planeta.

Como cristianos estamos llamados a ser responsables ante una tierra que es de Dios. Nuestro cometido dentro de la creación, así como nuestros deberes con la naturaleza y el creador forman parte de nuestra fe, esto implica que el ser humano debe respetar las leyes de la naturaleza y los delicados equilibrios que hay entre los seres de este mundo. Somos los instrumentos de Dios para que nuestro mundo sea lo que él soñó al crearlo y que responda a su proyecto de paz, belleza y plenitud.

Fuentes:
– Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium”. Papa Francisco.
– Carta Encíclica “Laudato si´”, Sobre el cuidado de la casa en común. Papa Francisco.

La familia a la luz del magisterio del Papa Francisco

Por: Sem. Mario Iván Márquez Mata. |
Cuarto de Teología. |

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Mario Iván Márquez Mata

Este año que termina ha estado marcado por diversas decisiones políticas que han teñido nuestras vidas de cierta tristeza, ya que se ha atacado a la persona humana en lo que tenía de más puro, se ha buscado destruir la FAMILIA, “célula… de la sociedad” e Iglesia doméstica, con la pretensiosa idea de arrastrar en su caída a la sociedad y a la Iglesia, ya que es en el santuario familiar donde se aprende a amar a Dios, a la Patria y al prójimo. Son múltiples los ATAQUES que soporta actualmente la familia: desde los que pretenden liquidar la institución familiar, hasta los que la asechan con miles de razonamientos falsos como es el caso del individualismo exasperado, que desvirtúa los vínculos familiares y acaba por considerar a cada miembro de la familia como una isla; y cuyo fin es disolverla, ablandarla, y abandonarla a la precariedad voluble de los deseos y las circunstancias, convirtiéndola en un lugar de paso, al que uno asiste cuando le parece conveniente.

Los dos últimos sínodos de la familia a los que ha llamado el Papa Francisco han sacado a la luz, los distintos síntomas de una cultura de lo provisorio, o la velocidad, latentes en la sociedad, en la que las personas pasan de una relación afectiva a otra, y donde reina el narcicismo que vuelve a la persona incapaz de mirar más allá de sí misma, de sus deseos y necesidades. Esto nos permite ser conscientes de grandes problemas, como es el caso de: las ideologías que desvalorizan el matrimonio y la familia; el miedo a algo demasiado grande y sagrado; el descenso demográfico debido a una mentalidad antinatalista y promovido por las políticas mundiales de salud reproductiva; la situación de familias sumidas en la miseria; la violencia familiar, cultivo de nuevas formas de agresividad social, pues las familias que la sufren se convierten en escuela de resentimiento y odio en las relaciones humanas básicas; la violencia que se ejerce sobre la mujer; y distintas formas de esclavitud.

Ante tales circunstancias el Papa Francisco nos ha resumido su magisterio sobre este tema en la exhortación AMORIS LAETITIA (La alegría del amor en familia), con la que busca brindarnos algunas luces que nos ayuden como FAMILIAS CRISTIANAS a valorar los dones del matrimonio y de la familia, y sostener un amor fuerte y lleno de valor, como de generosidad. Trata de alentarnos para que seamos signos de misericordia y cercanía allí donde la vida familiar no se realiza perfectamente o no se desarrolla con paz y gozo. Ya que: «La familia nos salva de dos fenómenos actuales: la fragmentación (la división) y la masificación». Es en la familia, donde aprendemos la fraternidad, la solidaridad y la acogida; aprendemos a perdonarnos. «Sin familia, sin el calor de hogar, la vida se vuelve vacía, y comienzan a faltar las redes que nos sostienen en la adversidad, nos alimentan en la cotidianidad y motivan la lucha para la prosperidad». Por ello, a pesar de que no exista la «familia perfecta», el Papa nos invita a no olvidar que las familias «no son un problema, sino que son principalmente una oportunidad. Una oportunidad que tenemos que cuidar, proteger, acompañar».

Nos invita a ayudar a las parejas a comprender que amar y generar la vida es la verdadera escultura viviente, capaz de manifestar al Dios creador y salvador. Es por ello que el amor fecundo llega a ser signo de las realidades íntimas de Dios, así como Dios trinidad es comunión de amor, la familia es su reflejo viviente. Y es este aspecto trinitario de la pareja, manifiesta el misterio de la unión entre Cristo y la Iglesia.

Que el nacimiento del Niño Jesús, colme tu vida de mucha alegría y deseos de seguir creyendo en el gran amor de Dios.

LA MISIÓN AD GENTES COMO EXPRESIÓN DE LA MISERICORDIA DE DIOS

Por: Sem. Ángel Adolfo Rivera Montoya. |

Primero de Teología. |

“VAYAN POR TODO EL MUNDO Y PREDIQUEN EL EVANGELIO A TODA CREATURA”

   

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Ángel Adolfo Rivera Montoya

Este imperativo resuena en la mente y el corazón de la Iglesia, por ello desde el día de la ascensión del Señor hasta nuestros días, una de sus preocupaciones ha sido el anuncio del amor misericordioso de Dios en favor de todos los hombres, pues Él quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, esa verdad que ennoblece y dignifica el corazón del hombre, santuario en el que Dios mora.

    La misión de todas las iglesias debe ser interesarse en lo que llamamos la misforma-e-informaión ad gentes, pues una de las invitaciones del Señor en el llamado a los apóstoles, y por consiguiente a los miembros de la Iglesia, es el hacerlos pescadores de hombres, aunque en ocasiones hemos perdido de vista este objetivo del llamado. Por eso hemos de recordar constantemente que Dios necesita del hombre para salvar al hombre, cada uno de nosotros, miembros de la Iglesia, hemos de considerar el gran proyecto de amor que tiene Dios para la salvación de los hombres, así podremos experimentar la necesidad de salir al encuentro de nuestros hermanos que desconocen este mensaje de misericordia divina.

    Precisamente la primer tarea del misionero en las tierras de misión es anunciar la
sublime forma en que Dios mostró al hombre su amor y misericordia por medio del misterio pascual de Cristo muerto y resucitado para la salvación de todos los hombres.

    Tú y yo como bautizados tenemos el compromiso de anunciar la misericordia de Dios a todos aquellos que aún no conocen a ese Dios que es amor y que por un don de su forma-e-informa-2benevolencia nosotros hemos conocido. Por ello la Jornada Mundial de las Misiones (DOMUND), que este año se celebrará el domingo 23 de octubre, tiene como uno de sus lemas “O vas, o envías, o ayudas a enviar”; hermanos atendamos a la invitación de Jesús de anunciar el Evangelio a quienes no lo conocen, si no vamos a misionar a tierras lejanas seamos generosos con la colecta en favor de las misiones y no veas lo que das, más bien mira que gracias a eso que das la Buena Nueva seguirá anunciándose a todos los hombres, para que experimenten la misericordia de Dios que nos ama, quiere que seamos felices y sobre todo que quiere nuestra salvación.

ATENCIÓN A LOS ENFERMOS VIII | Salvifici doloris: “El dolor que salva” (6)

Por: Sem. Martín Nicolás Hinojosa Torres |

Primero de Teología |

Martín Nicolás Hinojosa Torres
Martín Nicolás Hinojosa Torres

El Señor Jesucristo ha resucitado según su palabra y esto es nuestra alegría y nuestro gozo: Vivir en el Señor. Con estos deseos de paz y plenitud, deseo continuar este camino de reflexión en torno a esta Carta Apostólica, Salvifici Doloris; particularmente en su penúltimo capítulo titulado: El Buen Samaritano. San Juan Pablo II, de entrada desarrolla  de manera sintética la parábola con la cual, el Señor Jesús responde a la necia pregunta del Doctor de la ley que se cuestiona ¿quién es mi prójimo? Comenta el Santo que, un buen samaritano, no sólo se detiene, como curioso espectador, sino que, a diferencia del sacerdote y el levita, se conmueve y su compasión le hace atenderlo, curar sus heridas, ponerlo en su cabalgadura e ir hacia un lugar dónde lo puedan atender.

 En un segundo momento, San Juan Pablo II comenta que un buen samaritano es todo hombre sensible al sufrimiento ajeno; no sólo las intenciones, sino que se conmueve ante el sufrimiento del otro; más aún, prosigue el Santo, es en definitiva buen samaritano el que ofrece ayuda en el sufrimiento, de cualquier clase que sea.

Más adelante, San Juan Pablo II  hace una descripción de lo que es el evangelio del sufrimiento, que clama el auxilio y la atención por el otro, el amor desinteresado que es capaz de detenerse, compadecerse, y no sólo eso, sino que es un amor que se acerca, que da la mano, que se compromete. En este sentido afirma: No puede el hombre « prójimo » pasar con desinterés ante el sufrimiento ajeno, en nombre de la fundamental solidaridad humana; y mucho menos en nombre del amor al prójimo. Debe «pararse», «conmoverse», actuando como el Samaritano de la parábola evangélica (SD #29). En este apartado, resalta la labor entregada de médicos, enfermeras y otros buenos samaritanos que día a día, van entregando sus talentos al servicio de sus prójimos.

En los párrafos restantes, el Santo hace la comparativa de Cristo con aquél buen samaritano, cuando comenta en el número 30 de la carta: El Evangelio es la negación de la pasividad ante el sufrimiento. El mismo Cristo, en este aspecto, es sobre todo activo. De este modo realiza el programa mesiánico de su misión, según las palabras del profeta: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor.

En el próximo artículo, veremos la conclusión de este bello documento que San Juan Pablo II donó a la Iglesia y en ella a todo el mundo. ¡Alabado sea Jesucristo!

ATENCIÓN A LOS ENFERMOS (VII) – Salvifici doloris: “El dolor que salva” (5)

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Por: Sem. Martín Hinojosa Torres. |

Primero de Teología. |

Martín Nicolás Hinojosa Torres
Martín Nicolás Hinojosa Torres

Apreciados lectores de Nuestro Seminario: ¡Gracia y paz! En esta ocasión comparto con ustedes el capítulo sexto de la Carta Apostólica Salvifici Doloris: El evangelio del sufrimiento.

En un primer momento, San Juan Pablo II, presenta este título del Evangelio del sufrimiento, como proporcionado por los mismos testigos de la pasión, muerte y resurrección del Señor. María, su Santísima Madre, comenta el santo, es la primera que atestigua en su propia carne y su corazón, los padecimientos de su Hijo. “En ella se acumularon en una tal conexión  y relación, muestra de su fe inquebrantable y de su contribución a la redención de todos”.  La Virgen María, comenta San Juan Pablo II, ofreció una aportación singular al Evangelio del sufrimiento realizando por adelantando la expresión paulina, completando en su carne, así como en su corazón, lo que falta a la pasión de Cristo. Los apóstoles, reciben del Señor la invitación a ser partícipes de este mismo Evangelio del sufrimiento, cuando no les escondía, ni a ellos ni a todo el que lo escuchara, la necesidad del sufrimiento: Si alguno quiere venir en pos de mí, tome cada día su cruz; también les decía: La senda que lleva al Reino de los cielos es  estrecha y angosta; mientras que la que lleva a la perdición, es ancha y espaciosa; encontrarán múltiples persecuciones, siempre con la promesa de estar con ellos. Dicho sufrimiento, continúa San Juan Pablo II, siempre es y será “por Cristo”, “a causa de Cristo”, porque serán aborrecidos por el mundo, ya que el mundo me ha aborrecido a mí… pero, ánimo, yo he vencido al mundo (Jn. 16, 33).

Sin embargo, el evangelio del sufrimiento, es decir, esta buena nueva acerca del cómo llevar sobre sí el sufrimiento, conlleva una llamada especial al valor y a la fortaleza. Dicha llamada se cumple, comenta el Santo Padre, sostenida por la elocuencia de la resurrección, ya que  Cristo conserva en su cuerpo resucitado las señales de las heridas de la cruz en sus manos, en sus pies, y en el costado. Dicho así, todos los que sufren con Cristo, uniendo sus propios sufrimientos humanos, uniendo los propios sufrimientos humanos a los sufrimientos de Cristo.

Esto es el evangelio del sufrimiento, un camino que nos lleva a la contemplación, a la gran diversidad de personalidades que cada uno lleva sobre sus hombros. Que la Inmaculada Virgen María, Nuestra Señora de los Dolores interceda por nosotros, Amén.

ATENCIÓN A LOS ENFERMOS VI – Salvifici doloris: “El dolor que salva” (4)

Por: Sem. Martín Nicolás Hinojosa Torres |

Primero de Teología | 

Martín Nicolás Hinojosa Torres
Martín Nicolás Hinojosa Torres

Los saludo en la paz de Jesucristo, el Señor. Continuando con la temática de la Carta Apostólica, Salvifici Doloris, en el capítulo quinto, Partícipes en los sufrimientos de Cristo. Se puede resumir en el cántico del Siervo doliente toda la experiencia del dolor humano. San Juan Pablo II comenta que “junto a la pasión de Cristo todo sufrimiento humano se ha encontrado en una nueva situación” (Cfr. SD. no. 19). Parece, afirma el Santo, como si Job hubiera presentido cuando dice: Yo sé que en efecto mi Redentor vive (Cfr. Job. 19,25).

En este capítulo, San Juan Pablo II hace una comparativa entre el Siervo de Yahvé, de Isaías, y los sufrimientos de Cristo en su pasión, muerte y resurrección, y cómo esta relación del verdadero Dios y verdadero hombre sufriente en la pasión, redime todo sufrimiento humano.

“La cruz de Cristo arroja de modo muy penetrante luz salvífica sobre la vida del hombre y, concretamente, sobre su sufrimiento, porque mediante la fe lo alcanza junto con la resurrección: el misterio de la pasión, está incluido en el misterio pascual”. Es decir, con sus padecimientos, el Señor nos alcanza no sólo una esperanza en el sufrimiento y en la muerte, sino una eficacia en nuestra propia vida eterna: su pasión y muerte nos ayudan a entender de modo diferente el sufrimiento de la propia carne, y su resurrección, una claridad y confianza en la vida eterna.

Por esta razón, la Iglesia, desde sus orígenes se ha inclinado y venerado con fe el sentido del sufrimiento humano como un bien,  ya que en él mismo se abraza el inefable misterio del cuerpo de Cristo.

 

ATENCIÓN A LOS ENFERMOS V Salvifici doloris: “El dolor que salva” (3)

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Por: Sem. Martín Nicolás Hinojosa. |

Primero de Teología |

Martín Nicolás Hinojosa Torres
Martín Nicolás Hinojosa Torres

Continuando con la temática de la Carta Apostólica, Salvifici Doloris, el punto que nos ocupa en este momento es el capítulo cuarto, Jesucristo: el sufrimiento vencido por el amor. El tema del sufrimiento aparece como resuelto por la cita del Evangelio de San Juan, 3,16: «Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna». Esto es una acción salvífica, continúa diciendo San Juan Pablo II, la cual significa liberación del mal. Es el amor eterno de Dios por el hombre, su creatura, que manifiesta entregando a su único Hijo para hacer esta salvación realidad. Dicha liberación no se puede dar sin padecer según la misma carne humana, es decir, sin el sufrimiento en la propia persona de Jesucristo; dice el Santo: Esta es la dimensión de la redención.

Recordando el significado del mismo vocablo, redimir es rescatar al que está cautivo, pagando una cantidad por ello (Diccionario de la lengua española). El Señor Jesús se convierte en el pago por el rescate de nuestra cautividad del pecado y de la muerte. Y es, precisamente, a la muerte eterna a la cual se refiere y de la cual el Padre nos quiere librar por puro amor, como lo dice claramente San Juan, evangelista: ¿qué nos basta? Creer en Él.

ATENCIÓN A LOS ENFERMOS IV – Salvifici doloris: “El dolor que salva” (2)

Por: Sem. Martín Nicolás Hinojosa Torres. |

Primero de Teología |

Martín Nicolás Hinojosa Torres
Martín Nicolás Hinojosa Torres

¡Qué tal amigos de Nuestro Seminario! Es un gusto continuar compartiendo con ustedes la Alegría del Evangelio. En esta ocasión, me gustaría continuar el tema tratado anteriormente acerca de la Carta Apostólica que propone el tema del sentido cristiano del sufrimiento humano: Salvifici Doloris. En el número anterior del boletín, compartí hasta el punto de la pregunta que el hombre se hace, y hace a otros, respecto al porqué del mal en el mundo. En los siguientes párrafos de la Carta Apostólica, San Juan Pablo II, continúa la reflexión haciendo una doble comparación en cuanto a dicho sufrimiento. Por un lado: ¿El sufrimiento del hombre es directamente proporcional al mal provocado por él mismo sobre sí o sobre otros seres que le rodean? Es decir: ¿la ley causa/efecto es la medida del mal realizado la que provoca el sufrimiento? Por el otro lado, propone el tema del sufrimiento en el personaje bíblico de Job; este hombre justo, que sin ninguna culpa propia es probado por innumerables sufrimientos (SD, p.15). Sin embargo, ante tantas pérdidas (esposa, hijos, casa, tierras, propiedades, etc.) jamás reniega de Dios; es más, bendice continuamente al Señor por las bendiciones que le otorga y por aquello que le quita. Es decir, el libro de Job da respuesta al problema del sufrimiento humano no como causa de un mal llevado a cabo, sino más bien, como medio eficaz de purificación, de reconstrucción. Del mismo modo, Job es una prefiguración de Jesús que, siendo inocente, se ofrece a la voluntad de su Padre Dios, en la entrega libre y generosa para la muerte, y una muerte de cruz. En la dimensión de la persona humana, la pena tiene sentido no sólo porque sirve para pagar el mismo mal objetivo de la transgresión con otro mal, sino ante todo, porque crea la posibilidad de reconstruir el bien en el mismo sujeto que sufre. El sufrimiento debe servir para la conversión, es decir, para la reconstrucción del bien en el sujeto, que puede reconocer la misericordia divina en esta llamada a la penitencia. En el próximo número de Nuestro Seminario, continuaré con el apartado No. 4 de esta Carta Apostólica: Jesucristo: el sufrimiento vencido por el amor. Sigamos propagando entre todos La Alegría del Evangelio, ¡hasta luego!

ATENCIÓN A LOS ENFERMOS III – Salvifici doloris: “El dolor que salva” (1)

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Por: Sem. Martín Nicolás Hinojosa Torres. |

Primero de Teología

Martín Nicolás Hinojosa Torres
Martín Nicolás Hinojosa Torres

Es bueno encontrarnos de nuevo queridos amigos, lectores asiduos del boletín mensual Nuestro Seminario y en esta alegría los saludo con afecto. Para dar seguimiento a la serie de la temática acerca de la atención a los enfermos, en esta ocasión presentaré una carta apostólica, Salvifici doloris, emitida el 11 de febrero de 1984, memoria litúrgica de Nuestra Señora de Lourdes, por el entonces Papa Juan Pablo II, ahora santo. Podemos identificar como contexto de la carta, el cierre del Año de la Redención, convocado por él mismo, así como un discernimiento personal fruto de una profunda reflexión acerca del sentido cristiano del sufrimiento humano, después del atentando que sufrió en la Plaza de San Pedro, el 13 de mayo de 1983 y por el cual estuvo al borde de la muerte.

La carta se divide en ocho partes o capítulos que explican ampliamente una antropología y teología del sufrimiento humano. El hombre sufre de modos diversos, no siempre considerados por la medicina, ni siquiera en sus más avanzadas ramificaciones (SD no. 5). Juan Pablo II considera la amplia gama que el dolor y sufrimiento humanos abarcan; una gama que no puede delimitarse al padecimiento físico, sino que va más allá. Existe una distinción entre el sufrimiento físico y el sufrimiento moral, debida a la dualidad que el ser humano ostenta: un espíritu encarnado (Cfr. LUCAS, R. 2003). Pareciera, comenta San Juan Pablo II, que existe una similitud entre los términos sufrimiento y dolor, explicando que, el sufrimiento físico se da cuando de cualquier manera duele el cuerpo, mientras que el sufrimiento moral es dolor del alma(SD no. 5).

¿Tiene o no sentido el sufrimiento? Una de las preguntas que surgen ante el sufrimiento experimentado es el ¿por qué?, como buscando una respuesta a la causa, a la razón de dicho sufrimiento, ¿cuál es la finalidad de dicho sufrimiento?, ¿para qué?; el hombre no sólo se hace estas preguntas a sí mismo, sino que  pregunta a otros hombres, en su misma situación y además pregunta a Dios como Creador. A la par de estás preguntas vienen otras como ¿porqué el mal en el mundo? En ambas cuestionantes resulta especialmente difícil una respuesta aislada de la palabra sufrimiento. En el próximo número de Nuestro Seminario, continuaremos comentando esta bella Carta Apostólica que nos ayuda a comprender con claridad el sentido cristiano del sufrimiento humano.

ATENCIÓN A LOS ENFERMOS II – Los sacramentos de salud

Por: Sem. Martín Nicolás Hinojosa Torres.  |

Primero de Teología.

Martín Nicolás Hinojosa Torres
Martín Nicolás Hinojosa Torres

Una vez más estamos aquí, saludándoles apreciables lectores, deseando paz y bien para todos y cada uno de ustedes y retomar así la temática acerca de la atención a los enfermos que iniciamos anteriormente en el articulo ATENCIÓN A LOS ENFERMOS. ¿POR DÓNDE INICIAR?   de Nuestro Seminario. Hemos revisado hasta ahora el concepto de enfermedad, los fundamentos bíblicos que hablan en torno a dicho problema que se le presenta al ser humano, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento (cfr. N.S. Ed.). Ahora, profundizaremos en lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica acerca de los sacramentos de salud.

Se entiende por sacramentos de salud, a aquellos cuyos efectos producen en los fieles la salud, no solo del cuerpo, sino también del alma, a saber: el Sacramento de la Reconciliación y El Sacramento de la Unción de los Enfermos (Cfr. C.E.C. 774, 1076, 1084 y 1131). Así pues, con el Sacramento de la Reconciliación, se restaura la relación íntima con Dios y con la Iglesia, rota después del pecado cometido (Cfr. C.E.C. 1440). En cuanto al Sacramento de la Unción de los Enfermos, podemos aseverar que es por excelencia, el sacramento administrado para la restitución de la salud física y espiritual de los fieles, orando a Dios por su recuperación integral, siempre en conveniencia a su proceso de salvación personal (Cfr. C.E.C. 1324, 1325, 1441, 1511). También me gustaría mencionar la Sagrada Eucaristía, fuente y cúlmen de la vida cristiana (LG 11; C.E.C. 1324), -que aunque no forma parte de los sacramentos de curación, sino de los sacramentos de iniciación cristiana-, pues es fuente inagotable de donde manan todo tipo de gracias de parte de Dios, entre ellas la salud de alma y cuerpo. Por esto, la última recomendación del alma de un moribundo, es precisamente la comunión sacramental del Cuerpo de Cristo, cuya compañía fungirá como viático seguro a la vida eterna (C.E.C. 1392).

Es así estos sacramentos, la Reconciliación, la Unción de los Enfermos y la Sagrada Eucaristía, unidos entre sí, ofrecen a todo fiel cristiano una medicina celestial que recupera la comunión con Dios, con la Iglesia y consigo mismo.